En noviembre pasado salió a la venta la última puntada de Paul McCartney: Let it be… naked! El mismo Let it be que ya conocemos pero sin los arreglos de Phil Spector y con dos temas de más y dos de menos.
Esto viene a tema como complemento al post de Betiux en el que hace referencia a la pérdida de identidad nacional a la que nos han encaminado las empresas transnacionales. El complemento es el consumismo excesivo al que también nos han llevado.
Al caso me pregunto qué tan lícito resulta que un artista decida modificar su obra para volver a sacarle provecho. Muy lícito, supongo, es su obra y puede hacer con ella lo que guste, pero no dejo de ver esto como simple oportunismo, al caso de McCartney, que al parecer quiere hacer varo suficiente para que sus descendientes hasta la quinta generación no se vean en la necesidad de trabajar durante toda su vida.
Después de Antologías, Recopilaciones y cintas sacadas debajo del colchón, el último recurso parece ser modificar un poco el original; quién sabe, tal vez se le ocurra también el re-make del Sargento Pimienta pero sin LSD.
Que lo compre el que quiera y el que no que lo baje de internet o que pague diez pesos por una copia malechona en algún puesto callejero. El hecho es que el disco se consumirá como se consumen los DVD’s con finales alternativos, versiones extendidas, escenas nunca vistas y entrevistas al director.
Que sea consumido como las versiones japonesas con dos tracks de más, como las cajas con figuras coleccionables de resina y las ediciones de 20 aniversario en bolsita negra (como el original).
Durante el fin de semana el post acerca de los 